Un cruel drogadicto con problemas mentales, el otro Alexander McQueen

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El eco del talento de McQueen -Lee en su vida privada- no se eclipsa y todavía sigue vivo diez abriles luego de su asesinato. La marca que lleva su nombre perdura sin él. Los especialistas reconocen su rara diplomacia para combinar la sastrería exacta de la escuela de Savile Row con la irreverencia del pálpito callejero y una impactante teatralidad barroca. La documentada historia que escribió Andrew Wilson, «McQueen, la casta debajo de la piel», presentaba al creador como un ser humano desagradable: despótico, irascible, un egoísta que traicionó a la periodista afectado que lo ayudó a esquilar cerca de la auge y que estaba atenazado por sus miedos e inseguridades. Un modisto agobiado por la producción estajanovista que él mismo se impuso y por su condición de seropositivo, que se activaba con pimple sin tasa y montañas de cocaína. Un crápula que se desfogaba en orgías de tres días y padecía un cuadro psiquiátrico serio, con ansiedad y desorden depresivo. En sus últimos tiempos, Lee consumía incluso cristal, una metanfetanima de pertenencias devastadores sobre el físico y la psique.

Isabella Blow era nueve abriles veterano que McQueen y provenían de dos galaxias lejanas. Ella era una estilista que trabajaba en revistas de moda glamurosas, una afectado excéntrica, de comunidad de raigambre aristocrática. Mujer de rostro caballuno y buen humor, comparaba su dentadura aparatosa con las ruinas de Stonehage. Él era el sexto hijo de un taxista escocés emigrado al Este de Londres y de una profesora, un gamberro de barrio, gordo y provocador. Isabella, Issie, fue la primera en detectar que McQueen era un diamante en bruto. Incluso fue quien lo convenció de cambiar su primer nombre de pila, Lee, por el segundo, Alexander, más sonoro. «Alejandro el Grande», le solía avisar arrobada. Casada, en verdad estaba enamorada hasta el tuétano del modisto y de su ropa.

McQueen mantenía con ella una relación de amor-odio. Un amigo cuenta como en una ocasión, minutos ayer de la venida de Isabella a su tierra, le gastó un bromazo: cortó unos trapos de muselina rápidamente con unas tijeras y cuando ella apareció, le explicó que se trataba de su última creación. «Me encanta, cariño, ¡me encanta!», cloqueaba ella, mientras los otros dos se partían a sus espaldas. Issie lo promocionó con una tenacidad que dio frutos. En 1996 Givenchy ficha al inexperto londinense para sustituir a Galliano. Aunque Issie Blow lo acompaña a firmar a París y lo celebran juntos con champán y caviar, él pronto decide dejarla detrás. Una traición que la hunde y cabará con el suicidio a los 48 abriles de la inestable Blow, que se retira de este mundo bebiéndose una botella de insecticida. Meses ayer lo había intentado tirándose desde un puente ataviada de Prada. Se partió los pies y los tobillos. Cuando se recuperó bromeó: «Se me acabaron por un tiempo los zapatos de tacón».

Un dineral en videntes

McQueen, desolado en su funeral, musitaba como un mantra un «pude suceder hecho más por ella». Cierto que le había pagado su extremo tratamiento psiquiátrico, pero los amigos de uno y otro dicen que la trataba con una enorme crueldad, con mofas y humillaciones constantes.

Tras su asesinato, obsesionado con el más allá, se gastó un dineral en videntes intentando contactar con ella. La obsesión por el suicidio era constante. McQueen se había comprado una casa en Mallorca por dos millones de euros. El diseñador castellano Sebastián Pons ha contado que allí, en una conversación hasta el alba, el diseñador le confió que planeaba en su mente su última colección. Cuando Pons le pidió detalles, le contó que sopesaba suicidarse en la pasarela, pegándose un tiro en una cabina de pleixiglás, que quedaría ensangrentada. El modisto mallorquín alertó a los directivos de la firma de McQueen de los evidentes problemas mentales del presidente. Le contestaron que era lo habitual, ausencia especialmente solemne.

McQueen asumió un ritmo de producción inhumano cuando llegó a Ginvenchy: cuatro colecciones al año, más las que sacaba por sí mismo. Ese ritmo, que mantuvo cuando se pasó a Gucci, lo hizo rico, pero le pasó nota y le agrió el carácter. A su asesinato dejó una fortuna de 18 millones de euros y seis millones más en propiedades. Sus tres perros, distinguidos en su testamento con el mismo boleto que el desposorio que cuidaba su casa (82.000 libras) pasaron a ser los canes más potentados de Inglaterra. Incluso los citó en su escueta nota de suicidio, entusiasmo que consumó el día precedente al funeral por su mama: «Cuidad de mis perros. Os quiero. Lee». Antes de colgarse, Lee había tomado enormes cantidades de droga y lo logró al segundo intento.

«El hooligan de las pasarelas»

El McQueen triunfador pronto se convirtió en un déspota insolente en el trabajo, rodeado de asistentes sumisos, que se plegaban a todos sus caprichos y le suministraban su vitamina para persistir el crecer: cocaína. En 1997, en un desfile en Nueva York, llamó «jodida puta» a gritos a la top Eva Herzigova mientras le daba los últimos toques ayer de salir a desfilar. Era el tono habitual de un modisto misógino. El hombre cuyas creaciones maravillaban a Nicole Kidman, Lady Gaga, Björk o Sarah Jessica Parker en verdad odiaba a las mujeres. Tampoco estaba eficaz con su propio cuerpo: su mala comida y el pimple lo llevaban a engordar, cuando él era la imagen de su marca, un querubín travieso, un hooligan rubio de gran sonrisa y luceros azules. Pero camino de los 40 en verdad era un sujeto graso, de rostro enrojecido por la priva, que se sometió a una liposucción e incluso a un anillo digestivo para no engordar.

La vida personal no iba mejor. Ebrio constituía una compañía inquietante: morboso, con una fijación enfermiza con la asesinato, violento. Pronto dejó de suceder parejas estables y los chaperos caros corrían por su vida. «Si esos peces pudiesen platicar…», bromea un amigo, aludiendo al enorme pecera que se había hecho instalar en el dormitorio de su tierra de Mayfair.

Billy Boy, un amigo que lo conoció en 1989, ayer de la auge, y lo observó asimismo en la cumbre, afirma que existían al menos tres Lee McQueen: «El sobrio era inseguro e infeliz. Luego estaba el brillante ingenio, que se ayudaba con las drogas y el pimple. Y asimismo existía el yonqui borracho de comportamiento psicótico. Entonces podía ser muy, muy desagradable».

McQueen, personaje bipolar, asimismo tenía sus grandezas: su ingenio para su oficio, los restos de un buen corazón que lo llevaron a crear una fundación para sufragar a jóvenes modistos, o el hecho de suceder embajador mucho boleto en su testamento a asociaciones benéficas. Pero el hombre al que llamaron en su día «el hooligan de las pasarelas», seguramente nunca dejó de ser eso, un hooligan, hecho trozos cuando todo dejó de ser un movilidad de provocación y tuvo que aceptar la responsabilidad ingente de ver su nombre convertido en una empresa completo. Uno de sus hermanos, de 48 abriles, trabaja todavía hoy conduciendo un taxi por Londres. Ese era el destino de Lee. Pero las tijeras y la jeringuilla lo convirtieron en un comediante, enorme, atormentado y a veces cruel.

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